Poesía es libertad

Cesare Pavese*

[Este texto forma parte de un dosier dedicado al poeta italiano. Aquí puede consultarse el resto de los materiales.]

En poesía, el inventor de un género, de un estilo, de un tono, el descubridor de una tierra desconocida, resulta —ya se sabe— más exhaustivo y eficaz que sus epígonos, que los muchos o los pocos que sobre ese estilo o to­no, sobre esa tierra desconocida, deberían saber más aún que el precursor y que, en realidad, continúan su obra con fácil confianza y más refinados instrumen­tos. Ocurre aquí un hecho que no tiene paralelo en ninguna otra actividad humana. El primero que echa la mirada sobre un nuevo territorio y se interna en él es también su más eficaz cosechador, y más que un desmonte y una labranza, la suya se diría una incursión mongólica, uno de esos saqueos sobre cuyas huellas no vuelve a crecer la hierba. No faltan casos de creadores que literalmente sofocan en la cuna a los epígonos sin que pueda surgir el segundón para recoger la heren­cia. A ellos, por lo general, sólo se vuelve después de siglos, es decir cuando las vicisitudes de las ideologías y de los gustos han hecho de su obra casi un objeto, una creación de la naturaleza —como la intemperie con ciertos monumentos— y es posible inspirarse en ellos con un sentimiento genuino de descubrimiento, como ateniéndose a un dato natural.

Pieter Brueghel el Viejo, El triunfo de la Muerte, 1562.

El precursor y el epígono. El primero inventa, com­prende y avanza todavía más; el segundo, tocado por la evidente, ambigua fascinación de la tierra hasta ayer desconocida, vuelve al sitio e investiga, construye allí su casa, planta el huerto y hace sus provisiones. A veces vive toda la vida, entre el respeto y el aplauso del próji­mo, sin advertir que a sus provisiones les falta el gusto de la tierra —del agua y del cielo. Es un literato. Casi siempre lo sabe y se jacta de ello. Mejor así, por otra parte, y no que desespere de sí mismo: el literato que desespera de sí mismo, vale decir que comienza a que­jarse, no se vuelve poeta sino solamente peor literato.

El poeta —decimos— inventa, comprende y avanza todavía más. Pero tampoco para él es cosa de broma. En cada rincón de su trabajo, de su conquista, lo espe­ra el peligro de la Capua literaria. Uno puede siempre convertirse en epígono de sí mismo: ceder a la tenta­ción de detenerse más de lo lícito para aprovechar del territorio ya conocido y conquistado. Y lo trágico es esto: que mientras a un literato no le interesa ser sino literato, un poeta debe ser también literato (es decir, cul­to, según su tiempo) y dominar con mano firme esta maraña de hábitos y complacencias que es su literatura. Su camino es el de las almas sobre el puente del Paraíso: un filo de navaja o, si se prefiere, una tela de araña.

El acto de la poesía —si es lícito distinguir así, se­parar la llama de la materia ardiente— es una voluntad absoluta de ver claro, de reducir a razón, de saber. El mito y el logos.

¿Qué significa que un poeta se detenga más de lo lí­cito para aprovechar el territorio? Significa que se finge a sí mismo no saber lo que ya sabe. La fuente de la poesía es siempre un misterio, una inspiración, una conmovi­da perplejidad ante algo irracional —tierra desconocida. Pero el acto de la poesía —si es lícito distinguir así, se­parar la llama de la materia ardiente— es una voluntad absoluta de ver claro, de reducir a razón, de saber. El mito y el logos. Quien ha visto una vez en la propia inspiración, quien ha reducido a palabras, a lenguaje, articulándola en el tiempo y en el espacio, la extática maravilla del ser, resígnese y a propósito del mito en cuestión no se finja a sí mismo, para volver a gustar el tormentoso placer, una virginidad que ha perdido. Sí, entendámonos bien, su visión, su reducción del mito a figura, ha sido exhaustiva y soberana (y tal visión no es nunca deslumbrante; se necesitan días y hasta años de tormentosas tentativas y búsquedas); puede confor­marse y esperar, con ecuanimidad, que de la maraña de la conciencia, del recuerdo y de la maceración le nazca una nueva virginidad, una nueva inspiración, un nuevo mito. Por el momento deberá conformarse. O, fingien­do no saber lo que ya sabe, jactarse del misterio que ha hecho público y transformarse en literato.

No es fácil decir cuándo debe detenerse el poeta. Por lo general, la maravilla le ha nacido tan de lo hon­do, y la imagen creada —la primera presa de la tierra desconocida— tiene raíces tan tiernas y sensibles en su sustancia espiritual que arrancarlas significa lacerarse a sí mismo, quedar tan vacío como un huevo sorbido. Por lo general, la capacidad de sorprenderse, la riqueza mítica, es en cada uno una dote limitada, finita. Como no existe un espíritu que no pueda, al asomarse a sí mismo, advertir en su fondo un destello de misterio, una capacidad, aunque débil, de poesía (sobre ello se funda la universal legibilidad de los poetas), cada uno resulta así cada vez una excepción, es él mismo un pro­digio, el creador para quien ese destello se extiende irresistiblemente hasta hacerse paisaje complejo, mul­tiforme, accidentado, inagotable territorio. Añádase que la reducción a figura, a visión clara, a conocimiento mundano de una extática y candente intuición mítica sólo puede producirse en el terreno de un frío hábito técnico, de una experiencia cultural adquirida de efec­tivas reducciones de viejos mitos a mundo orgánico y racional; sobre la experiencia, en suma, de pasados éxtasis ajenos convertidos ya en literatura. En cierto sentido el poeta auténtico no puede dejar de ser el más culto de los literatos contemporáneos. Pero el peligro de abandonarse a hábitos y complacencias, de fingirse a sí mismo inspiración y virginidad, de tomar por el atajo de un estilo dado —de ver misterio donde no hay misterio—, es tanto más inmediato para el auténtico poeta cuanto mayor es el número por él conocido de cómodas vías abiertas, desbrozadas ya, y cuanto más inaccesible y singular se le presenta el camino de lo ignoto, de lo informe, de lo inexpresado.

Anónimo, Prometeo crea al hombre, sarcófago romano, ca. 240 d.C., Museo del Louvre.

Resulta obvio añadir que también los literatos ha­cen obra proficua, y nada tan vano como la románti­ca cruzada dirigida a exterminarlos y humillarlos. No sólo porque los más grandes poetas hunden sus raíces en el suelo y en el abono de la literatura, que los nutre y compone en su mayor parte, sino sobre todo porque los literatos constituyen el esqueleto del público que escucha a los poetas y dan una voz y un sentido a las aspiraciones y respuestas de ese público ingenuo. Lo que ha sido visto y reducido a claridad por un poeta, sus presas en el país desconocido, se parece a esa fauna de la estepa y de la jungla que el cazador captura y transporta a un país civilizado. Estas extrañas criatu­ras, saturadas todavía de un fiero y primordial pavor, son enjauladas, exhibidas, descritas, obligadas a vivir entre nosotros. No basta cuidarse de ellas. Si fuera po­sible, multiplicando y aislando entre nosotros los gran­des trabajos poéticos, hacer callar toda otra voz, todo comentario, toda vulgarización, habríamos cumplido un trabajo semejante al de quien llena las encrucija­das con bestias hoscas y feroces y, al mismo tiempo, destina las jaulas a cárcel de domadores y guardianes. Juntas desaparecerían la vida civilizada y las fieras, o mejor aún, se asistiría a una nueva partida de caza con derroche de vidas, de tiempo, y con indignación de los mismos cazadores. Más vale reconocer que desde que el mundo produce poesía —desde que llegan de lo ig­noto monstruos encantadores o atroces— el deber del hombre civilizado es poblar con ellos el zoológico y darles un nombre y una jaula: hacerlos literatura.

Pero que sean de veras monstruos, mitos encarna­dos, descubrimientos. No pavos o perros falderos. El mundo está lleno de quimeras y de sorpresas, pero sólo las auténticas interesan al poeta, y sólo cuando a éste le es posible obligarlas a revelar su nombre ellas nos interesan a nosotros. Aunque no todos se dan cuenta de lo que eso significa.

El poeta no co­noce otro deber que su lúcida y furibunda voluntad de claridad, de demolición del mito entrevisto, de re­ducción de lo que era único e inefable a la medida humana normal.

Una cosa de nada. El poeta, en cuanto tal, trabaja y descubre en soledad, se separa del mundo, no co­noce otro deber que su lúcida y furibunda voluntad de claridad, de demolición del mito entrevisto, de re­ducción de lo que era único e inefable a la medida humana normal. El éxtasis o maraña donde se fijan sus miradas debe estar totalmente contenido en su co­razón, y filtrándose por un imperceptible proceso que se remonte por lo menos a su adolescencia, como en el lento aglutinarse de las sales y de los zumos de los que, según dicen, nacen las trufas. Nada de preexistente, ninguna autoridad exterior, práctica, puede pues ayu­darlo o guiarlo en el descubrimiento de la nueva tierra. Esta es algo tan carnalmente interior a él como el feto al útero. Si de veras se halla reduciendo a claridad un nuevo tema, un nuevo mundo (y poeta es sólo quien haga esto), por definición ningún otro puede estar al día sobre este tema, sobre ese mundo en gestación, excepto él que es también el árbitro. Inevitablemente, los consejos y los reclamos que le llegarán del exterior saldrán de una experiencia ya descontada de antema­no, reflejarán una temática y un gusto ya existentes, es decir, insistirán para que el poeta aproveche un terri­torio ya conocido, se finja a sí mismo no saber lo que ya sabe. En síntesis, las intervenciones doctrinales, prácti­cas —ya sean expresiones del consenso de los más com­petentes colegas, de los lectores mejor intencionados o de los padres más reverentes—, no pueden tender si­no a rechazar al poeta hacia la literatura, a impedirle que desarrolle su tarea específica de conquistar tierras desconocidas. La sujeción ideológica ejercida sobre el acto de la poesía transforma, sin más, a los leopardos y a las águilas en corderillos y perros falderos. En otras palabras, instaura la Arcadia.

Aquí se aprecia la importancia de la cultura del poeta, ese imperativo por el cual en su vida cotidia­na debe tender a convertirse en el más culto de los contemporáneos. Si el poeta busca de veras claridad y espera exorcizar sus mitos transformándolos en fi­guras, no cabe duda que sólo podrá decir que lo ha logrado cuando esa claridad lo sea para todos, un bien común en el que pueda reconocerse la cultura general de su tiempo. ¿Y qué significa esto sino que el estilo, el tono, el territorio por él descubierto, se incorporarán naturalmente al panorama histórico de su generación y contribuirán a componer el nuevo horizonte, la con­ciencia, fruto como son de un auténtico estupor que sólo los más progresistas y desprejuiciados medios de investigación han podido resolver en humano lengua­je? Pero —obsérvese— auténtico estupor significa estu­por auténtico, vale decir no falaz, vale decir ese residuo irracional que continúa siendo tal a la luz de la más científica teoría de la época. Antes de ser poetas somos hombres, es decir, conciencias que tienen el deber de darse, sometiéndose a la escuela social de la experien­cia, el mayor conocimiento posible. En cambio, todos los consejos, las reprimendas que los responsables de una generación dirigen a los poetas en cuanto tales, son en pocas palabras superfluos, exteriores, indecentes, como los consejos que la madre solía dar antaño a la hija en vísperas de la boda. El poeta verdadero ya se los ha dirigido a sí mismo, haciéndose culto. Mejor sería exhortar con vigor a la cultura y al conocimiento a los candidatos a la vida social —los jóvenes literatos, inge­nieros, seminaristas— e inculcarles que la dirección de la vida interior es una sola, la incansable demolición de los mitos, la reducción de toda perplejidad de estupor a claridad. Y luego, si alguno de ellos afirma que es poeta y da razonables esperanzas, dejarlo que se hunda en el abismo de su inquietud y esperar las consecuencias. Nadie que no sea él puede hallar el camino verdadero, pues sólo él conoce la meta.

Jardines zoológicos, Regent’s Park, Marylebone, Londres, 1835.

* Fechado en el manuscrito: 31 de diciembre-8 de enero de 1949. Pu­blicado en Il sentiero dell’arte, Pesaro, 15 de marzo de 1949. Luego, Pavese agregó algunas leves correcciones para publicarlo en Cultura e realtà, donde apareció póstumamente, en el núm. 2 (julio-agosto de 1950). La versión que publicamos es la correcta.

Este ensayo pertenece al libro El oficio de poeta, de Cesare Pavese (selección y traducción de Rodolfo Alonso y Hugo Gola, Duino, Buenos Aires, 2018).

© Rodolfo Alonso y Patricia Gola

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