La bicicleta es una máquina, un “artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza”, según la definición de la Academia. Pero no es una máquina cualquiera, es un medio de ensoñación. De niños, nos dijo por primera vez que podíamos hacer más de lo que nuestro cuerpo, por sí solo, prometía. Nos montamos en una y, vencido el primer miedo —el de un golpe pero también el de una potencia inédita—, superados los desafíos técnicos, avanzamos, zum, con una ingravidez y una presteza tan fáciles que era mejor que en los sueños donde teníamos alas y cielo. La bici es un aparato de volar. Nos faculta para retirar los pies de la Tierra y nos concede la alta condición de la ligereza.
La bici es tan lista que nos aligera, y es tan sencilla que nos hace sentir que la levedad es nuestra. Absolutamente nuestra. Los autos y las motos nos convierten en bólidos, pero el impulso es ajeno al hombre. Viene de otro lado, del motor y el combustible. El rugir de sus máquinas nos recuerda que no nos proyectamos: nos proyectan. Es cruel recordatorio de nuestras limitaciones, de nuestra irreparable condición terrenal.
No así la bicicleta, que tan sólo facilita, que tan sólo sublima. Con discreción, con altura de miras, nos convierte en fuente motriz de un vuelo.
En la obra gráfica que acompaña a este texto, Ana Santos agradece a las bicis. Mira en ellas la dignidad, la nobleza de la que hablo, y las pinta. Bicis actuales y bicis de otros tiempos, bicis individuales y para el transporte de pasajeros, bicis recreativas y de trabajo, bicis lentas y bicis rapidísimas. Todas forman parte de cartas postales, de estampas que las colocan en la dimensión de los días y los siglos: es tanto el tiempo que nos han acompañado. El hombre, la mujer, no aparecen. Son ellas, las bicicletas, las homenajeadas.
Hay que esperar a la última imagen para ver a una persona. En una tarde a punto de consumirse, alguien deja atrás el campo montado en su bicicleta. A lo largo de la serie, Ana Santos ha concentrado su atención en el vehículo mismo, pero al final vuelve al momento principal, a la amistad, a la relación entre una sola bici y una sola persona, una que excluye al resto de los hombres y de las bicicletas y que por unas horas, por un rato, elevados por encima de la Tierra, nos hace sentir que la vida es bella.

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Nacida en San Pedro Tututepec, Oaxaca (1978), Ana Santos se inició en el arte dibujando. Con los años, ha extendido su quehacer a la imagen móvil, el video y el cine. Entre los apoyos que ha recibido están la beca Jóvenes Creadores del Fonca (en dos ocasiones) y el estímulo del Instituto Mexicano de la Juventud. Aficionada al street art, atrapó con pintura las sombras de los transeúntes nocturnos en Oaxaca como parte del proyecto «Sombras en la calle». También practica el grabado, el collage y la fotografía. Ha presentado su obra en los museos Nacional de la Estampa, de Arte Contemporáneo de Yucatán y de Arte Contemporáneo de Oaxaca; la Cineteca Nacional, el Centro Cultural Santo Domingo, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo y la Biblioteca Andrés Henestrosa, así como en Alemania, Argentina, España y Estados Unidos. Participó en la XIX Bienal de La Habana, L’Art + Anarchie de Montreal y el All Roads Film Project de Los Ángeles.
Éste es el sitio web de Ana Santos. Aquí se puede encontrar completa la serie «Volar en bicicleta».
Una versión distinta de este texto, así como la serie de imágenes, aparecieron en EstePaís|cultura, suplemento que no ha dejado de salir mes con mes en la revista Este País desde que lo creó Malena Mijares hace casi tres lustros, y que hoy está al cuidado de Julieta García González y Claudia Benítez.