Javier Marías, 1951-2022

Como alguno de sus personajes, el notable autor español Javier Marías ha muerto de manera inesperada. No más novelas vagas y recurrentes, no más diatribas vitales, no más traducciones buenas de su máquina de escribir. Adiós a su lucidez, a sus corrientes ocultas, a su remota ternura. La liebre le dice adiós con un ensayo aparecido en la revista Nexos hace tiempo. Descanse en paz.

Javier Marías. Foto de la RAE, vista aquí.

El malestar de Marías

La obra de Javier Marías es una de recurrencias. Temas como el de los secretos y su develamiento, la muerte en cuanto precipitante (no la muerte que ha sido anticipada, sino la que trastorna y redefine) y el triángulo amoroso son parte de un eterno retorno. Son accidentes mayores del terreno existencial en el que se desarrollan las historias.

Marías fijó el catálogo de sus preocupaciones desde El hombre sentimental, al menos, y a partir de entonces no ha hecho sino desarrollarlo. No quiero decir con esto que se repita con monotonía —aunque evidentemente su narrativa transcurre como una larga salmodia y tiene un efecto hipnótico similar—. Entre una novela y otra hay cambios temáticos, pero éstos no se deben a vuelcos completos. Son resultado, más bien, de las variaciones en el peso relativo de unos cuantos asuntos.

Así, el tema del secreto, necesario en El hombre sentimental, cobra su entera dimensión en Corazón tan blanco, que gravita en torno a un ocultamiento. El triángulo amoroso abarca toda la obra del escritor, pero en Mañana en la batalla piensa en mí es orgánico. Mientras que el asunto de la suerte domina en El siglo, en novelas posteriores destaca más como medio que como fin. Marías acomete siempre el mismo paisaje humano, pero desde distintas perspectivas, de tal forma que un elemento plegado al fondo en una novela se acerca y cobra prominencia en una obra posterior, por efecto de un gradual desplazamiento, mientras que otro retrocede a un segundo o tercer plano.

Seguir leyendo

¿Qué son los sueños?

Una tentativa de definición de este esquivo fenómeno.

Extracto de I. Ortiz Monasterio, «Jean Toomer’s ‘Kabnis’ and the Language of Dreams», The Southern Literary Journal, vol. 38, núm. 2, 2006, págs. 19–39.

Ante todo, un sueño es una ilusión, algo que ocurre en la mente de la persona que duerme. Los sueños no son reales, son obra de la fantasía, pero “perceptivamente, al durmiente le parecen siempre reales” (Antrobus 98). Los sueños son visuales: están hechos de imágenes claras y brillantes (íbid.), pero en ellos hay también percepciones de otros tipos. Se «oyen» sonidos, los objetos se «tocan». A veces, más que la percepción en sí, lo que aparece es su significado. Así, sin escuchar necesariamente las palabras, la persona entiende lo que le dicen.

También ocurre que el soñador tiene pensamientos y emociones, algunas de ellas intensas. Quien sueña, por ejemplo, puede ver a un extraño en la cocina y sentir mucho miedo. Las emociones asociadas a los sueños son en su mayoría negativas. Con frecuencia, constituyen la extensión de emociones recientes, cosas que sintió la persona durante el día, pero, como creía Freud, también se puede tratar de emociones largamente reprimidas.

Cottonbro, sin título, 2021. Vista aquí.

Aunque no albergan historias propiamente, los sueños asemejan fábulas, «series de imágenes cuyo desarrollo equivale a un drama más o menos continuo” (Grison 960). Este drama y sus elementos (los personajes, sus emociones, pensamientos y actos; los lugares; los objetos; la relación que guardan) rara vez son normales y lógicos desde el punto de vista de la conciencia. Gente, objetos y hechos extraños surgen y desaparecen; las identidades varían de una escena a otra; diferentes personajes representan facetas distintas de un mismo individuo. Nada puede darse por descontado. Para Freud, la rareza de los sueños disimulaba ideas y sentimientos aterradores (Antrobus 100).

El soñador se sumerge por completo en la lógica de los sueños, en su «dramaturgia espontánea y descontrolada».

No importa cuán extrañas, retorcidas o irreales sean las imágenes, difícilmente sorprenden al soñador. Aun su propia conducta y apariencia le resultan normales. Y ni el discernimiento ni la fuerza de voluntad toman parte en sus acciones. El soñador se sumerge por completo en la lógica de los sueños, en su «dramaturgia espontánea y descontrolada» (Grison 960).

Sigmund Freud la renovó, pero la interpretación de los sueños se remonta a la antigüedad. Para muchas culturas clásicas, los sueños facultaban una visión de «lo otro» —de espíritus, lugares y tiempos distintos de los propios—. En cambio, para Freud, los sueños proponen una visión interior, la imagen de uno mismo. Los sueños contienen significados ocultos. El lenguaje de los sueños es, en suma, simbólico.

·

OBRAS CITADAS

  • Antrobus, John. “Characteristics of Dreams.” Encyclopedia of Sleep and Dreaming. Ed. Mary A. Carskadon. New York: Macmillan, 1993.
  • Barasch, Frances K. “Theories of the Grotesque.” Encyclopedia of Contemporary Literary Theory. Ed. Irena Makarmyk. Toronto: U of Toronto P, 1993. 85–89.
  • Grison, Pierre. “Fuego.” Diccionario de los símbolos. Ed. Jean Chevalier and Alain Gheerbrant. Barcelona: Herder, 1999. 511–514.
  • Manfred, Weidhorn. “Dream.” Dictionary of Literary Themes and Motifs. Ed. Jean-Charles Seigneuret. Wesport, CT: Greenwood Press, 1988.
Francesco Ungaro, Encendido lámpara de araña, 2017. Vista aquí.

Juan José Arreola: biografía a cien voces

Un coro de autores entre los que se cuentan Borges, Pacheco y Agustín prestan sus palabras para relatar, polifónicamente, la vida del notable confabulador mexicano.

Publicado en el número 104 de Luvina (otoño de 2021), este collage hizo las veces de guion curatorial de «Una feria para Juan José Arreola», exposición biobibliográfica que se presentó en el Patio de Escritores de la Biblioteca de México en 2018 con motivo del centenario del nacimiento del escritor.

A %d blogueros les gusta esto: