Una ópera prima quimérica: una criatura de elementos disímiles que cobra vida y palpita a fuerza de empeño y autenticidad.
Leí Llave de mí, la primera novela de mi amigo Antonio Santiago. Trata de un chico de doce o trece años que debe ir de la niñez a la juventud, de la escuela primaria a la secundaria, de la identidad asignada a la identidad propia. Su caso no es sencillo. Protagonista y a la vez narrador, piensa que funciona mal. En una realidad donde sus pares, la gente de la misma edad, parecen tenerlas todas consigo, él falla o cree que falla: es un tanto infantil, le dan nervios los balones de futbol, se juzga poco viril, no sabe cómo pelear, los cuerpos ajenos lo dejan frío. En casa no le va mejor: su madre lo sigue tratando como a un pequeño y lo sobreprotege, necesita a su padre pero casi no lo ve, carga el peso de la primogenitura, resiente la rebeldía y el arrojo del hermano; no tiene un espacio propio y, encima, el tío bien intencionado pero macho se muda a vivir con ellos y lo desplaza. Corren los años ochenta en una colonia clasemediera del suroriente del Distrito Federal.
La edición, muy cuidada, es de Nieve de Chamoy (Ciudad de México, 2026).
Una pregunta se deja entrever desde el primer párrafo de la obra: ¿al narrador, cuyo nombre por cierto nunca conoceremos, le gustan las mujeres o los hombres? Él mismo se lo plantea más adelante, y esta interrogante no dejará de inquietarlo sino hasta las últimas páginas y repercutirá en su comportamiento: «Veo y reveo aquellas fotos pensando que quizá mi tío tenga razón, quizá he sido maricón desde siempre y no me he dado cuenta. Lo mejor que puedo hacer es comenzar a imitar a mi amigo Flama en todo. Es el prototipo de hombre al que me gustaría parecerme.» Ante la duda y ante una sociedad juiciosa, no le queda más remedio que emular.
† Antonia Quintana, 29 de abril de 1935 – 30 de noviembre de 2022.
Yo fui tu religión, yo fui tu gloria; a Dios en mí soñaste; mis ojos fueron para ti ventana del otro mundo. ¿Si supieras, mi perro, qué triste está tu dios, porque te has muerto?
Miguel de Unamuno
Incluso en su última época, Anastasia bajaba la escalera sin demora, siguiendo muy de cerca a Antonia, aunque entonces su secuencia de pasos ya no corría con gracia, sino que de sus dos patas posteriores hacía una sola, y así, como atadas por un amarre invisible, las movía sin torpeza y sobre ellas, escalón tras escalón, iba dejando caer su ligero volumen trasero. Una vez en la cocina esperaba atenta, sin comprender por qué no le habían dado su leche, hasta que Antonia o Ignacio, con la cabeza en otros asuntos, sacaban el tetrapak y le servían en su plato. Entonces su atención absoluta se internaba, por cosa de un minuto, en el espacio un tanto oscuro entre refrigerador y pared, y en su lúgubre conciencia tenían cabida ese solo callejón y el instinto —mitad placer, mitad temor atávico— de beber rápidamente, no fuera que de pronto otro perro callejero la asaltara.
Freefoodphotos, Glass bottle of cows milk, 2022. Vista aquí.
Signo de agonía fue, en los días terminales, que ya no quisiera leche, otrora objeto central de su apetito. Ciertamente no bajaba a la cocina, pero tampoco tomaba de la que le subía Antonia. Había sido la recámara principal, y específicamente el sofá —donde Antonia leía y desde donde veía televisión—, el centro del limitado mundo espacial de la Tacha. Ahí había morado en sus días de juventud: a la izquierda de la dueña de sus días, ya alerta, ya dormida a pierna suelta; en el habitáculo bajo el contiguo buró, territorio de aislamiento, o en la cama, concretamente a los pies de Eduardo, a quien mostraba así consideración. Ahí permaneció también en las semanas finales: mal oxigenado, su entendimiento la mantenía de pie, precariamente, en algún punto anómalo de la cama; alineada con el anguloso borde, mal guardando el equilibrio y confundida, o sobre una almohada, a menudo sola. Y ahí estaba, acuosa la mirada, cuando Antonia subía de la cocina con la leche. Pero no reaccionaba, le daba el sentido de las cosas sólo para percibir algo parecido a madre, y en lo remoto algo desear, por lo que Antonia debía dársela a cucharadas, evitando que escapara por una comisura, o por la otra. Muchas veces la muerte había ocupado ese cuarto —había habitado a un cuerpo apenas vivo, corroído un juicio, sobre esa cama, sacudido a un gatito hasta sacarle el alma— y ahora venía por la perra Anastasia, de la casa de los Ortiz Monasterio, oh condición terrenal.
Robert Leighton, lámina de The new book of the dog, 1907. Vista aquí.
Podíamos cerrar los ojos a la inminencia de la muerte de Tacha a fuerza de saciarla de leche, pero su sedentarismo, el fin de su asidua marcha tras Antonia, ¿cómo disimularlo?, ¿cómo persuadirnos de que no era signo de fin? Muchas veces habíamos llamado al doctor veterinario, verdadero hipocrático, quien con una mezcla de fe y voluntarismo que hacía eco de los nuestros la había intervenido, para sacar de su intricada caja toráxica quistes, bolas de pelo y demás cuerpos extraños, cirugías de las que la flaca de la Tacha se sobreponía con el nervio delgado de los pobres, de los humillados y ofendidos. Ahora, sin embargo, nos había dicho el doctor que había llegado su fin, que —explicaba entre líneas— nada ni nadie podía contrarrestar el hecho de que Anastasia ya no siguiera a madre, que con ello justamente la grave, hermosa vida había querido escribir la última línea del Libro de Tacha.
Mussi Katz, Ashalim Power Station, 2019. Vista aquí.
Es un añico de sol. Una astilla de la estrella que se hincó sobre la Tierra o que Metatrón remolcó. Ha sido enaltecida en un desierto judío, cúspide de torre antigua, apogeo incandescente del cetro mismo de Dios, vaso termodinámico de la Aleph. Un alba se licúa ahí, un alba y un mediodía. Luz exacta que desnuda al ocaso.
Bobina descomunal, giro vago, evanescente, coloso panal solar. Zumba hasta el fondo de hanNegév, llega su rayo a Efraím, hasta Neftalí, más allá. Fueron pueblo nómada. Nómadas sois. Soy su faro. Sobre Ashalim se levanta, y sobre Ezuz y Nitzana. Siete veces siete tiempos toma remontar su espiral. Ningún rebaño atrevido, ninguna pastora sola se oculta de su mirada. Tótem monoteísta que devora el horizonte.
Un estanque de espejismos se estremece a sus pies, cien mil y un ojos abiertos en los que el día se concentra. Foco de parábola, punto de alta incidencia. Imagen viva del Sol. No prolifera en mi foro, en mi edificio, mi plaza, la confusión de Babel. Sólo una lengua se incendia, retumba, en mi interior. Luz. La lengua de la luz.
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Se dice que las plantas heliostáticas son el futuro de la energía solar. Ésta es la torre de Ashalim, Israel, en su momento la más alta del mundo en su tipo, con 262 metros, igual que el Chrysler Building de Nueva York. Un campo de espejos convergentes concentran la luz del Sol en el vaso de la torre. El calor produce vapor y el vapor da movimiento a una turbina. Puede generar 121 megavatios, lo suficiente para dar electricidad a 120,000 hogares. Maravilla de la energía verde, la torre de Ashalim es también una presencia imponente que despierta sentimientos y estimula la fantasía, como lo mostró este artículo reciente del New York Times.