El carnaval según Bajtín

Breviario de La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: El contexto de François Rabelais

Pieter Brueghel el Viejo, El combate entre el carnaval y la Cuaresma, 1559. Tal vez ninguna obra de arte prefigura mejor que ésta las ideas de Bajtín.

NOTA INTRODUCTORIA

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En 1965, luego de treinta años de espera, Mijaíl Bajtín (1895-1975) consiguió publicar, en Rusia, su magistral estudio sobre la serie de cinco novelas de Rabelais conocida como Gargantúa y Pantagruel. El estudio llevaba por título La obra de François Rabelais y la cultura popular de la Edad Media y el Renacimiento (Творчество Франсуа Рабле и народная культура средневековья и Ренессанса, Khudozhestvennia Iiteratura, Moscú).

No mucho después, el MIT puso en circulación la traducción al inglés, de Hélène Iswolsky: Rabelais and His World (1968). La versión en español debió esperar casi veinte años más. Con el nombre de La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: El contexto de François Rabelais, apareció bajo el sello de Alianza Editorial en 1987 (Julio Forcat y César Conroy, trad.).

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Estado de gracia

Cesare Pavese*

[Este texto forma parte de un dosier dedicado al poeta italiano. Aquí puede consultarse el resto de los materiales.]

Los símbolos que cada uno de nosotros lleva en sí mismo, y reencuentra de improviso en el mundo y los reconoce y su corazón se sobresalta, son nuestros auténticos recuerdos. Son también verdaderos y legítimos descubrimientos. Es necesario saber que no alcanzamos nunca a ver las cosas la primera vez, sino sólo en la segunda. Entonces las descubrimos y las recordamos.

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Poesía es libertad

Cesare Pavese*

[Este texto forma parte de un dosier dedicado al poeta italiano. Aquí puede consultarse el resto de los materiales.]

En poesía, el inventor de un género, de un estilo, de un tono, el descubridor de una tierra desconocida, resulta —ya se sabe— más exhaustivo y eficaz que sus epígonos, que los muchos o los pocos que sobre ese estilo o to­no, sobre esa tierra desconocida, deberían saber más aún que el precursor y que, en realidad, continúan su obra con fácil confianza y más refinados instrumen­tos. Ocurre aquí un hecho que no tiene paralelo en ninguna otra actividad humana. El primero que echa la mirada sobre un nuevo territorio y se interna en él es también su más eficaz cosechador, y más que un desmonte y una labranza, la suya se diría una incursión mongólica, uno de esos saqueos sobre cuyas huellas no vuelve a crecer la hierba. No faltan casos de creadores que literalmente sofocan en la cuna a los epígonos sin que pueda surgir el segundón para recoger la heren­cia. A ellos, por lo general, sólo se vuelve después de siglos, es decir cuando las vicisitudes de las ideologías y de los gustos han hecho de su obra casi un objeto, una creación de la naturaleza —como la intemperie con ciertos monumentos— y es posible inspirarse en ellos con un sentimiento genuino de descubrimiento, como ateniéndose a un dato natural.

Pieter Brueghel el Viejo, El triunfo de la Muerte, 1562.

El precursor y el epígono. El primero inventa, com­prende y avanza todavía más; el segundo, tocado por la evidente, ambigua fascinación de la tierra hasta ayer desconocida, vuelve al sitio e investiga, construye allí su casa, planta el huerto y hace sus provisiones. A veces vive toda la vida, entre el respeto y el aplauso del próji­mo, sin advertir que a sus provisiones les falta el gusto de la tierra —del agua y del cielo. Es un literato. Casi siempre lo sabe y se jacta de ello. Mejor así, por otra parte, y no que desespere de sí mismo: el literato que desespera de sí mismo, vale decir que comienza a que­jarse, no se vuelve poeta sino solamente peor literato.

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