Flores para Albino, por Juan Domingo Argüelles

A la memoria de Albino Hernández Flores (1926-2012)

Para Rosy, que caminó junto a él

Para Claudina, Juan y Ofelia

Anturio y bugambilia fundan su reino

de luz y claridad en medio del silencio:

un estallido sordo de color y armonía,

un fulgor vegetal en la lumbre del día.

Anturio y bugambilia te acompañaron

en el último tramo de tus pasos,

y el rojo tulipán y el aretillo

con su racimo púrpura y su brillo.

Anturio y bugambilia guardan tu voz

entre las hojas mansas y su verdor,

junto a la flor doliente, la pasionaria,

cuya rama engrosó como la vida diaria.

Anturio y bugambilia y la tibutina

estuvieron contigo en tus últimos días:

anturio con su brillo, y el terciopelo

morado de la flor que busca el cielo.

Un ramito de tréboles puso en tu tumba

tu nieta más pequeña, para que nunca

te abandone el amor ni te falte la suerte

incluso en el ignoto camino de la muerte.

Ciudad de México, 30 de junio de 2012

Tomado de Final de diluvio, Hiperión-Universidad Autónoma de Nuevo León, Madrid-Monterrey, 2013.


El cansado de la vida

Anónimo egipcio

La muerte está en mis ojos como cuando un enfermo recobra la salud y sale al aire libre después de la enfermedad.

La muerte está en mis ojos como el aroma de la mirra, como el remero que descansa bajo la vela en día de brisa.

La muerte está en mis ojos como el olor de los nenúfares, como quien se sienta al borde de la embriaguez.

La muerte está en mis ojos como camino andado, como cuando los hombres vuelven a la patria después de guerrear en tierra extranjera.

Hoy está la muerte ante mis ojos como un cielo despejado, como cuando un hombre llega allí donde no sabía.

Hoy está la muerte ante mis ojos como el deseo que tiene un hombre de ver a su patria después de largos años de cautiverio.

Mummy-portrait.jpgRetrato de momia de El Fayum, Egipto, siglo I a. C. – siglo I

«Octubre», de Paul Claudel

Versión de Juan José Arreola

En vano veo los árboles todavía verdes. Amortajado en fúnebres neblinas o disuelto en la vasta serenidad del cielo, el año se acerca poco a poco al solsticio fatal. Ni este sol me desencanta, ni la opulencia de la comarca lejana. He aquí una especie de calma infinita, un reposo tal que parece excluida la posibilidad de despertar. Apenas iniciado su canto, el grillo se detiene; temeroso de exceder la plenitud, el solitario renuncia al derecho de hablar, y se diría que en la solemne tranquilidad de la campiña de oro sólo es lícito penetrar con pies desnudos. No, lo que ha quedado a mi espalda, sobre las inmensas cosechas, ya no arroja el mismo esplendor, y ya sea que el camino me lleve a los rastrojos, o que esquive la orilla de un pantano, o que descubra una aldea alejándome del sol, vuelvo el rostro y contemplo esa luna ancha y pálida que se ve durante el día.

En el momento de salir de los graves olivares, cuando se abrió ante mis ojos la llanura radiante hasta la barrera de la montaña, me fue comunicada la palabra de introducción. ¡Oh, frutos últimos de una estación condenada! ¡Oh, crepúsculo diurno, madurez suprema del año irrevocable! Todo está consumado.

Las manos impacientes del invierno no vendrán a despojar la Tierra con barbarie. Nada de vientos destructores, de cortantes heladas, de aguas que se desbordan. Más dulcemente que en mayo, o cuando junio insaciable se adhiere a las fuentes de la vida en la posesión de la doceava hora, el Cielo sonríe a la Tierra con inefable amor. He aquí el consentimiento, como un corazón que cede a una voluntad continua: el grano se separa de la espiga, el fruto cae del árbol, la Tierra otorga poco a poco sus dones al invisible solicitante. La muerte afloja una mano demasiado henchida. La palabra que ahora escucha es más santa que la del día de sus bodas, más profunda, más tierna, más rica: Todo está consumado. El pájaro duerme, el árbol se adormece en la sombra que le alcanza; a ras del suelo, el sol extiende su luz horizontal. El día termina, el año ha concluido. La interrogación celeste recibe una respuesta amorosa: Todo está consumado.


Fuente: Juan José Arreola, Obras, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.

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