“Una familia de árboles”, de Jules Renard

Los encuentro después de atravesar una llanura quemada por el sol.

A causa del ruido, se apartan del camino. Habitan los campos incultos, cerca de una fuente que sólo los pájaros conocen.

De lejos, parecen impenetrables. Cuando me acerco, sus troncos se separan. Me acogen con prudencia; puedo descansar y refrescarme, pero adivino que me observan y desconfían.

Viven en familia, los más viejos en el centro, y los pequeños, cuyas hojas acaban de brotar, aquí y allá, sin apartarse jamás.

Mueren lentamente y conservan a sus muertos de pie, hasta que se deshacen en polvo.

Se acarician con sus largas ramas, como los ciegos, para asegurarse de que todos están allí. Gesticulan coléricos si el viento se empeña en arrancarlos. Pero entre ellos no hay disputa. Sólo murmuran de acuerdo.

Comprendo que ellos deben ser mi verdadera familia. Pronto olvidaré la otra. Estos árboles acabarán por adoptarme. Y para merecerlo aprendo lo que hace falta saber:

Ya sé mirar las nubes que pasan.

Sé quedarme en mi sitio.

Y sé casi callarme.

Versión de Juan José Arreola


Fuente: Juan José Arreola, Obras, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.

“Octubre”, de Paul Claudel

Versión de Juan José Arreola

En vano veo los árboles todavía verdes. Amortajado en fúnebres neblinas o disuelto en la vasta serenidad del cielo, el año se acerca poco a poco al solsticio fatal. Ni este sol me desencanta, ni la opulencia de la comarca lejana. He aquí una especie de calma infinita, un reposo tal que parece excluida la posibilidad de despertar. Apenas iniciado su canto, el grillo se detiene; temeroso de exceder la plenitud, el solitario renuncia al derecho de hablar, y se diría que en la solemne tranquilidad de la campiña de oro sólo es lícito penetrar con pies desnudos. No, lo que ha quedado a mi espalda, sobre las inmensas cosechas, ya no arroja el mismo esplendor, y ya sea que el camino me lleve a los rastrojos, o que esquive la orilla de un pantano, o que descubra una aldea alejándome del sol, vuelvo el rostro y contemplo esa luna ancha y pálida que se ve durante el día.

En el momento de salir de los graves olivares, cuando se abrió ante mis ojos la llanura radiante hasta la barrera de la montaña, me fue comunicada la palabra de introducción. ¡Oh, frutos últimos de una estación condenada! ¡Oh, crepúsculo diurno, madurez suprema del año irrevocable! Todo está consumado.

Las manos impacientes del invierno no vendrán a despojar la Tierra con barbarie. Nada de vientos destructores, de cortantes heladas, de aguas que se desbordan. Más dulcemente que en mayo, o cuando junio insaciable se adhiere a las fuentes de la vida en la posesión de la doceava hora, el Cielo sonríe a la Tierra con inefable amor. He aquí el consentimiento, como un corazón que cede a una voluntad continua: el grano se separa de la espiga, el fruto cae del árbol, la Tierra otorga poco a poco sus dones al invisible solicitante. La muerte afloja una mano demasiado henchida. La palabra que ahora escucha es más santa que la del día de sus bodas, más profunda, más tierna, más rica: Todo está consumado. El pájaro duerme, el árbol se adormece en la sombra que le alcanza; a ras del suelo, el sol extiende su luz horizontal. El día termina, el año ha concluido. La interrogación celeste recibe una respuesta amorosa: Todo está consumado.


Fuente: Juan José Arreola, Obras, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.