Leí Llave de mí, la primera novela de mi amigo Antonio Santiago. Trata de un chico de doce o trece años que debe ir de la niñez a la juventud, de la escuela primaria a la secundaria, de la identidad asignada a la identidad propia. Su caso no es sencillo. Protagonista y a la vez narrador, piensa que funciona mal. En una realidad donde sus pares, la gente de la misma edad, parecen tenerlas todas consigo, él falla o cree que falla: es un tanto infantil, le dan nervios los balones de futbol, se juzga poco viril, no sabe cómo pelear, los cuerpos ajenos lo dejan frío. En casa no le va mejor: su madre lo sigue tratando como a un pequeño y lo sobreprotege, necesita a su padre pero casi no lo ve, carga el peso de la primogenitura, resiente la rebeldía y el arrojo del hermano; no tiene un espacio propio y, encima, el tío bien intencionado pero macho se muda a vivir con ellos y lo desplaza. Corren los años ochenta en una colonia clasemediera del suroriente del Distrito Federal.

Una pregunta se deja entrever desde el primer párrafo de la obra: ¿al narrador, cuyo nombre por cierto nunca conoceremos, le gustan las mujeres o los hombres? Él mismo se lo plantea más adelante, y esta interrogante no dejará de inquietarlo sino hasta las últimas páginas y repercutirá en su comportamiento: «Veo y reveo aquellas fotos pensando que quizá mi tío tenga razón, quizá he sido maricón desde siempre y no me he dado cuenta. Lo mejor que puedo hacer es comenzar a imitar a mi amigo Flama en todo. Es el prototipo de hombre al que me gustaría parecerme.» Ante la duda y ante una sociedad juiciosa, no le queda más remedio que emular.
La raíz del problema no está, sin embargo, en esta indeterminación. Las dudas del personaje constituyen, en términos psicoanalíticos, una neurosis, la forma que adopta un conflicto inconsciente. Son, de cierta manera, un síntoma. Si X. —llamémoslo así— quiere responder a esa interrogante y, en general, hallar su sitio en el mundo, encontrarse a sí mismo, deberá ir a esa raíz, descender al fondo de su propio interior.
Sin desentenderse del mundo ordinario, Llave de mí relata un proceso introspectivo. El personaje penetra los intrincados espacios de su psique y se aventura por ellos.
Frecuente en la novela iniciática moderna —Siddhartha es un buen ejemplo—, el autodescubrimiento no es aquí un subproducto, el conocimiento de sí que consigue el héroe a resultas de una serie de peripecias reales. Sin desentenderse del mundo ordinario, Llave de mí relata un proceso introspectivo. X., prácticamente, penetra los intrincados espacios de su psique y se aventura por ellos. Al principio son sueños, cuadros y escenas nocturnas que cuestionan su identidad. En medio de una caverna, «vestido únicamente con un taparrabos, un chavo sentado en flor de loto medita frente a una fogata… Me olvidaste de nuevo, dice… pero mi deber es advertirte que, de no encontrar tu llave, te perderás para siempre.»
Muy pronto, sin embargo, las rondas al inconsciente adquieren otra forma. A través del fotomural que adorna la sala, X. penetra de noche una dimensión alterna, un duplicado anómalo de este mundo. La estancia y el comedor se asemejan a los originales. Los muebles no son distintos. Pero el tiempo está alterado. El librero tiene libros del abuelo, de temas espiritistas. En la cocina aparecen la mamá de X., vestida diferente, y una señora de la misma edad. Es la abuela materna, muerta hace muchos años, que él nunca conoció. Se oye un manojo de llaves tras la puerta principal. Al departamento entran un hombre que debe de ser su abuelo y una parejita infantil. X. adivina que son los hermanos de su padre, fallecidos antes de que éste naciera. Por medio del fotomural, el protagonista explora el régimen familiar, no el que siempre ha tenido a la vista sino el régimen profundo y oculto.

Esta obra es una buena figuración de la psique, o al menos de una psique. Representa con aptitud y viveza el ámbito onírico y del inconsciente, considera la teoría y la clínica psicoanalíticas y presenta, en suma, un caso verosímil, coherente y complejo. Creo que no defraudaría al especialista. Pero no es sólo eso. En Llave de mí, la materia anímica se subordina siempre al impulso narrativo. El escritor evita replicar la lógica turbia, densa y discontinua de los sueños y del sustrato emocional. Ni siquiera experimenta, recurriendo por ejemplo al monólogo interior o adoptando la estructura de las alucinaciones. Propone, en lugar de eso, algo simple y congruente: X. da cuenta de sus trasposiciones. Y al hacerlo, como cualquier persona, convierte una experiencia aberrante en un discurso más razonable y lineal.
Toño, en efecto, opta por una novela de movimiento incesante. En el párrafo inicial, X. mira un grafiti que lo inquieta, piensa mejor en su mochila naranja de astronauta, ve de lejos, en el patio de la nueva escuela, a su mejor amiga, contempla a la chica linda de la banca de al lado, aspirante a actriz de teatro, y promete escribirle una obra. Vamos de la calle al área de recreo del plantel y de ahí al salón de clases en un parpadear de ojos. Llave de mí abre rápido, y este ritmo acelerado no cesa sino hasta el final. La prisa es sintáctica: frases cortas y en presente que, como percusiones, marcan el compás de una marcha. Pero también de diseño. Adiestrado en técnicas narrativas, el escritor fija un punto de partida y un posible destino —el desajuste general de X. y la hipotética llave, respectivamente— y traza un solo curso, sinuoso si se quiere pero lineal, entre un extremo y otro.
Toño Santiago convierte la experiencia vital de raíz psicoanalítica en una corta novela de aventuras. Llave de mí es una odisea mínima.
El predominio de la acción. El personaje central que se embarca en un viaje de pronóstico incierto, acomete una misión, emprende una búsqueda de importancia particular. Los desafíos y las pruebas en escenarios a menudo remotos o inexplorados. Toño Santiago convierte la experiencia vital de raíz psicoanalítica en una corta novela de aventuras. Llave de mí es una odisea mínima. Los océanos son aquí esa colonia chilanga y poco más: algún barrio vecino, el centro de la ciudad, la línea 2 del Metro, una hacienda en Chiapas. Los diez años de la figura homérica son aquí otros tantos meses, apenas un ciclo escolar. El héroe no es un rey, el «saqueador de ciudades», el artífice del caballo de Troya. Es un chico inadaptado, simpático y anónimo.
Pero esos breves lugares y ese lapso restringido, como el tiempo y el espacio de la escena en manos de un director con oficio, se viven como algo vasto. Se viven así porque el desplazamiento —entre sitios, situaciones, insights, luchas y emociones diferentes— no cesa. Toño propone otra escala, suelta un pez dorado en el mar de un acuario. Pero también porque, sin abandonar la narrativa de acción ni salirse realmente de esas cuantas locaciones, ensancha el espacio invirtiéndolo. El departamento alterno está muy cerca y muy lejos a la vez. Es un espacio familiar pero también un espacio extraño. A través del fotomural, X. no deja el hogar y X. viaja a lugares y tiempos remotos. Otros héroes han luchado por recuperar sus reinos y reclamar su identidad, descubrir mundos ocultos, dar muerte a un monstruo, desenterrar tesoros. X. lucha por encontrar y asumir su identidad. ¿Dónde está mi yo?, se dice, y zarpa en pos de él, en urgente búsqueda, con el fin de coronarlo y sentarlo en el trono supremo de su conciencia. Una lucha más austera, más íntima sin duda, pero no menos crucial. Odiseo, Eneas, Fogg ya se tenían a sí mismos. Sus aventuras, sus gestas, fueron predicativas. Sagas verbales las suyas. X. no se tiene ni siquiera a sí. Su travesía es nominal. Busca el fundamento, el núcleo del sujeto. Aventura radical, porque sin sujeto no hay verbo posible.

El mérito principal de Llave de mí está en su protagonista. Toño Santiago ha creado un personaje entrañable, un amasijo enternecedor de contradicciones. X. no logra adaptarse y acarrea años de rechazo. No le gusta el futbol, «inventa» cosas raras, como cuando creyó ver unos ojos de fuego que lo miraban desde el fondo de la bodega de la escuela, saca dieces y cumple con las tareas. X. padece la marginación y la susceptibilidad del chico singular, pero no miente al decir que vive contento y feliz. «Duermo perfecto y me levanto emocionado todas las mañanas para darle de comer a mis peces.» Asegura ufanamente que la sexualidad es lo más normal del mundo, refiriendo la ocasión en que su gata, Princesa, entró en celo y se puso como loca, pero le enfada escuchar a sus hermanos hablar de penes y vaginas con su mamá, y mejor «los deja con su plática escabrosa». Pasa libérrimamente de la idealización bucólica al golpe naturalista, de «cuando sonríe me hace sentir en medio de un jardín a pleno sol» a “la Bulldog”, la maestra llena de arrugas, gorda y vociferante que parece rabiosa. Se declara frente al salón «evolucionista» pero es muy supersticioso, consulta puntualmente el horóscopo y recurre a la güija para atender sus problemas. X. rehúye sus deseos e inquietudes, los deja atrás corriendo a toda velocidad para que nadie, ni él mismo, pueda reconocerlos, pero no tiene malicia ni es capaz de falsedad. Mario González Suárez reconoce en el héroe de este libro sensibilidad, temor y audacia. Yo añadiría la torpeza, el talento, la inocencia. Las partes constituyentes de un individuo común, lleno de fallas y aciertos, están ahí. Sólo falta que X. encuentre su estrella, su centro de gravedad, para que esos elementos puedan girar y ordenarse en torno suyo.
Llave de mí aprovecha una serie de recursos narrativos probados: enganchar de inmediato con una interrogante —las preferencias de X.— que no encuentre solución sino hasta el final del libro; concentrar la búsqueda en un objeto material lleno de significado, es decir un símbolo, a la Tolkien; colocar al héroe frente a un peligro grave; introducir aliados y adversarios. Pero estos medios típicos le sirven para estructurar una obra atípica, una novela amena que acrisola aventura e introspección, realismo y ensoñación, ficción no especulativa y ciencia ficción, padecimiento y comedia. Tanto en el plano formal como en el temático, Llave de mí es anticanónica. Su autor no ha querido encajar en los moldes narrativos de prestigio. Ha buscado, en su lugar, algo más modesto y más ambicioso a la vez: atender sus pasiones. Y al hacerlo ha conseguido una serie de valores literarios: una prosa eficaz, con frecuencia notable; un personaje digno de secuelas; una novelización lograda del inconsciente, una expresión genuina.
No es extraño que Santiago buscara tanto este libro. Debía resolver no sólo la cuestión de la identidad de X., sino también la cuestión de su identidad autoral. Debía cumplir su odisea. Descender a los infiernos con el fin de encontrar su propia llave creativa. La travesía ha terminado, y ha arrojado al escritor en las playas de Ítaca. ✂


“Busca el fundamento, el núcleo del sujeto. Aventura radical, porque sin sujeto no hay verbo posible”.
Buscar el fundamento. El porqué. El porqué de todo. Porque sin porqué no hay razón, y sin razón no hay sujeto. “El núcleo del sujeto”. Como bien dice esta frase, que tanto llamó mi atención.
Una aventura radical. Aventura cuya experiencia prueba habilidades. Aventura emocionante. Aventura indispensable. Aventura en la que se descubrirá el porqué.
“Sin sujeto no hay verbo posible”. Esta frase, aparte de ser literal, expresa que sin el porqué no hay acción, y sin acción (refiriendome a la acción de movimiento, o del verbo hacer, no a la acción de entusiasmo y aventura) no hay relato.
Sin haber leído el libro, en mi opinión, con esta frase se comprende el texto y con este texto se comprende la obra.
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