Una ópera prima quimérica: una criatura de elementos disímiles que cobra vida y palpita a fuerza de empeño y autenticidad.
Leí Llave de mí, la primera novela de mi amigo Antonio Santiago. Trata de un chico de doce o trece años que debe ir de la niñez a la juventud, de la escuela primaria a la secundaria, de la identidad asignada a la identidad propia. Su caso no es sencillo. Protagonista y a la vez narrador, piensa que funciona mal. En una realidad donde sus pares, la gente de la misma edad, parecen tenerlas todas consigo, él falla o cree que falla: es un tanto infantil, le dan nervios los balones de futbol, se juzga poco viril, no sabe cómo pelear, los cuerpos ajenos lo dejan frío. En casa no le va mejor: su madre lo sigue tratando como a un pequeño y lo sobreprotege, necesita a su padre pero casi no lo ve, carga el peso de la primogenitura, resiente la rebeldía y el arrojo del hermano; no tiene un espacio propio y, encima, el tío bien intencionado pero macho se muda a vivir con ellos y lo desplaza. Corren los años ochenta en una colonia clasemediera del suroriente del Distrito Federal.
La edición, muy cuidada, es de Nieve de Chamoy (Ciudad de México, 2026).
Una pregunta se deja entrever desde el primer párrafo de la obra: ¿al narrador, cuyo nombre por cierto nunca conoceremos, le gustan las mujeres o los hombres? Él mismo se lo plantea más adelante, y esta interrogante no dejará de inquietarlo sino hasta las últimas páginas y repercutirá en su comportamiento: «Veo y reveo aquellas fotos pensando que quizá mi tío tenga razón, quizá he sido maricón desde siempre y no me he dado cuenta. Lo mejor que puedo hacer es comenzar a imitar a mi amigo Flama en todo. Es el prototipo de hombre al que me gustaría parecerme.» Ante la duda y ante una sociedad juiciosa, no le queda más remedio que emular.
Ella viaja sin irse. Un falso documental donde el delirio y una realidad anómala se cruzan.
Este corto es a la vez simple y complejo. Simple: una sola actriz, sin fama ni ornamentación que llamen la atención sobre ella; una sola escena a modo de entrevista que transcurre linealmente, salvo por esas tomas en que voz e imagen se descoyuntan, reforzando el formato de aparente documental; primeros y primerísimos planos; un ambiente reducido a su mínima expresión —la esquina de una sala, el tocadiscos, un control remoto y un celular, una planta, luz neutra—; por sonido únicamente las palabras y las ocasionales notas de un vibráfono. La intérprete, la cámara, el lugar, la música, el guion mismo y la dirección, todo parece ausentarse para que algo más se haga presente. ¿Qué? La mujer cuántica y su actividad.
Ruth Rubio, La mujer cuántica, con Carolina Rubio (Notodofilmfest, España, 2021, 3 min.)
Complejo: lo que a primera vista parece una exposición jocosa pronto cobra gravedad y se torna incluso inquietante. En cuestión de segundos, la protagonista pasa de nombrar con mucha gracia su comida favorita, «moros y cristianos recién hervidos, ahí, ahí, calientitos», a explicar el don que tiene de viajar en el espaciotiempo y, en fin, a sugerir conductas psicópatas. El guion y la actuación son tan buenos, tan naturales y a la vez tan precisos, que el tránsito entre estos niveles, o mejor dicho su superposición —porque el acento turbador ha estado ahí desde el principio, mediante la música, y el humor persiste hasta el blackout final— pasa desapercibida.
La locura, que no es sino un sistema exacerbado de creencias, se actualiza con el tiempo. En la realidad agraria de los siglos XVI y XVII europeos, la naturaleza y sus bestias se cernían sobre la gente, y la licantropía era un trastorno frecuente. Robert Burton lo entendía como una variante extrema de la melancolía. Los médicos de la época lo atribuían a un exceso de bilis negra. En la Primera Revolución Industrial, James Tilly Matthews, comerciante británico, fue internado en el Hospital Real de Bethlem porque un enorme telar neumático, que él mismo ilustró, lo atormentaba en secreto. Un siglo después, en cambio, los agentes ya no eran mecánicos, sino energéticos. El juez alemán Daniel Paul Schreber relata en sus notables memorias una serie de colapsos mentales. El mundo, según escribió, era un enorme sistema nervioso regido por un dios hostil. Él mismo era torturado por medio de rayos espirituales. Freud estudió a profundidad su caso.
I. Gárgola de la catedral de Notre-Dame de l’Annonciation de Moulins (foto de Vassil, sin título, de 2009). II. James Tilly Matthews, «The Air Loom», en Illustrations of Madness, libro de John Haslam, de 1810. III. Daniel Paul Schreber, Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken (Memoirs of My Nervous Illness), 1903, vista aquí.
El delirio de la mujer cuántica no es menos contemporáneo. En plena era digital, cuando el acto de presencia pierde valor porque la tecnología permite estar aquí y allá simultáneamente (en casa y en la oficina mediante Zoom, en un café y en la Plaza de Cibeles con street view), ella asegura que ha viajado sin irse, que ha hecho el unboxing del afamado gato, que ha visitado futuros alternos. No ha podido resolver una contradicción vital, por lo que recurre a una realidad alternativa. Ama y odia al mismo tiempo, o desea sin poder tener, o padece sin aparente salida, así que desdobla el mundo y disocia.
La directora, Ruth Rubio, ha intuido que en la raíz de nuestra mentalidad, la del siglo XXI, están la noción y la experiencia de la paradoja. No la disyuntiva ni el ser o no ser: la conjunción, el solapamiento, el ser y no ser. Ha advertido un ánimo, un miedo elemental y una fascinación, y ha explorado la locura en consecuencia.
El corto habla de la condición dual y, más aún, la comparte.
Con mucha destreza, además, logra que el discurso mismo sea una cosa y otra a la vez. Su producto es un muy breve drama o thriller psicológico, sí, pero es también una suerte de fantasía. Si el personaje ficticio, lejos de alucinar, ha experimentado verdaderamente los traslados y la duplicidad, el corto se recoloca en la esfera del realismo anómalo o la ciencia ficción blanda (como indica la referencia a Blade Runner). El corto habla de la condición dual y, más aún, la comparte.
Es posible que la física cuántica pueda inspirar obras optimistas. A mí me parece que en ella se oculta algo fundamentalmente inquietante. Ya no la muerte de Dios, sino la desesperanza epistemológica. Por su doble tonalidad, que empareja risa y horror; por las zonas de indeterminación narrativa; porque la locura es desdoblamiento; por el tema de la muerte, tan bien tratado en las líneas donde confluyen el gato y José Manuel, por estas y otras cosas, el video de Ruth y Carolina Rubio echa luz (cuantos, ondas) sobre esa índole desoladora. La obra artística, paradójicamente, como la última lámpara.