La mujer cuántica: humor, horror y paradoja

Ella viaja sin irse. Un falso documental donde el delirio y una realidad anómala se cruzan.

Este corto es a la vez simple y complejo. Simple: una sola actriz, sin fama ni ornamentación que llamen la atención sobre ella; una sola escena a modo de entrevista que transcurre linealmente, salvo por esas tomas en que voz e imagen se descoyuntan, reforzando el formato de aparente documental; primeros y primerísimos planos; un ambiente reducido a su mínima expresión —la esquina de una sala, el tocadiscos, un control remoto y un celular, una planta, luz neutra—; por sonido únicamente las palabras y las ocasionales notas de un vibráfono. La intérprete, la cámara, el lugar, la música, el guion mismo y la dirección, todo parece ausentarse para que algo más se haga presente. ¿Qué? La mujer cuántica y su actividad.

Ruth Rubio, La mujer cuántica, con Carolina Rubio (Notodofilmfest, España, 2021, 3 min.)

Complejo: lo que a primera vista parece una exposición jocosa pronto cobra gravedad y se torna incluso inquietante. En cuestión de segundos, la protagonista pasa de nombrar con mucha gracia su comida favorita, «moros y cristianos recién hervidos, ahí, ahí, calientitos», a explicar el don que tiene de viajar en el espaciotiempo y, en fin, a sugerir conductas psicópatas. El guion y la actuación son tan buenos, tan naturales y a la vez tan precisos, que el tránsito entre estos niveles, o mejor dicho su superposición —porque el acento turbador ha estado ahí desde el principio, mediante la música, y el humor persiste hasta el blackout final— pasa desapercibida.

La locura, que no es sino un sistema exacerbado de creencias, se actualiza con el tiempo. En la realidad agraria de los siglos XVI y XVII europeos, la naturaleza y sus bestias se cernían sobre la gente, y la licantropía era un trastorno frecuente. Robert Burton lo entendía como una variante extrema de la melancolía. Los médicos de la época lo atribuían a un exceso de bilis negra. En la Primera Revolución Industrial, James Tilly Matthews, comerciante británico, fue internado en el Hospital Real de Bethlem porque un enorme telar neumático, que él mismo ilustró, lo atormentaba en secreto. Un siglo después, en cambio, los agentes ya no eran mecánicos, sino energéticos. El juez alemán Daniel Paul Schreber relata en sus notables memorias una serie de colapsos mentales. El mundo, según escribió, era un enorme sistema nervioso regido por un dios hostil. Él mismo era torturado por medio de rayos espirituales. Freud estudió a profundidad su caso.

I. Gárgola de la catedral de Notre-Dame de l’Annonciation de Moulins (foto de Vassil, sin título, de 2009). II. James Tilly Matthews, «The Air Loom», en Illustrations of Madness, libro de John Haslam, de 1810. III. Daniel Paul Schreber, Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken (Memoirs of My Nervous Illness), 1903, vista aquí.

El delirio de la mujer cuántica no es menos contemporáneo. En plena era digital, cuando el acto de presencia pierde valor porque la tecnología permite estar aquí y allá simultáneamente (en casa y en la oficina mediante Zoom, en un café y en la Plaza de Cibeles con street view), ella asegura que ha viajado sin irse, que ha hecho el unboxing del afamado gato, que ha visitado futuros alternos. No ha podido resolver una contradicción vital, por lo que recurre a una realidad alternativa. Ama y odia al mismo tiempo, o desea sin poder tener, o padece sin aparente salida, así que desdobla el mundo y disocia.

La directora, Ruth Rubio, ha intuido que en la raíz de nuestra mentalidad, la del siglo XXI, están la noción y la experiencia de la paradoja. No la disyuntiva ni el ser o no ser: la conjunción, el solapamiento, el ser y no ser. Ha advertido un ánimo, un miedo elemental y una fascinación, y ha explorado la locura en consecuencia.

Con mucha destreza, además, logra que el discurso mismo sea una cosa y otra a la vez. Su producto es un muy breve drama o thriller psicológico, sí, pero es también una suerte de fantasía. Si el personaje ficticio, lejos de alucinar, ha experimentado verdaderamente los traslados y la duplicidad, el corto se recoloca en la esfera del realismo anómalo o la ciencia ficción blanda (como indica la referencia a Blade Runner). El corto habla de la condición dual y, más aún, la comparte.

Es posible que la física cuántica pueda inspirar obras optimistas. A mí me parece que en ella se oculta algo fundamentalmente inquietante. Ya no la muerte de Dios, sino la desesperanza epistemológica. Por su doble tonalidad, que empareja risa y horror; por las zonas de indeterminación narrativa; porque la locura es desdoblamiento; por el tema de la muerte, tan bien tratado en las líneas donde confluyen el gato y José Manuel, por estas y otras cosas, el video de Ruth y Carolina Rubio echa luz (cuantos, ondas) sobre esa índole desoladora. La obra artística, paradójicamente, como la última lámpara.

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Un poema mexicano de José Juan Tablada

El Figón

¡Alegría, alegría
del jarro de horchata y el vaso de chía!
¡Alegría de las pechugas
de los pollos, dorados
entre verdes lechugas!
Alegría de los pulques curados
verdes como la savia y almendrados
y teñidos con tuna solferina…

Quien apura esos vinos
con perfumes de flores,
su patriotismo magnifica y siente
que ha bebido banderas tricolores
y el águila, el nopal y aun la serpiente…

Pedro Diego Alvarado, Nopalera rumbo a Tulancingo, 2000, óleo/lino.

Alegría de las enchiladas
en el platón, azul y blanco, de la China.

¡Júbilo del pescado en escabeche!
¡Delicia de los moles
que guisan las mestizas de Campeche
y en Puebla de los Ángeles, las Choles!
Alegría de los moles suculentos
verdes y prietos y el colorado
en cuyo adobo brilla reflejado
todo feliz advenimiento
y al áureo aljófar del ajonjolí
nebulosa del hondo firmamento…

¡Como en un marco del color
auribermejo del carey,
aún reflejas rendidos a tu ley,
oh guiso superior,
al Indio Emperador
y al hispano Virrey!

¡Júbilo de los chiles en nogada
donde brillantes granos de rubí
y granate desgrana la granada!

NA_QUI_60
Pedro Diego AlvaradoGranadas de Chabela, 2007, óleo/lino, 112 x 150 cm.

Los dulces de alfeñique,
regalo del convento al Virrey—
do la gragea rizó un Agnus Dei
como un dedo meñique…
Dulces de coral y marfil
yemas y mostachones y el alfajor aquel
como la cera blanco y amasado con miel
del colmenar monjil…

Cajetas de Celaya
que hasta lo último se raspan
y saben a resina y a niñez.
¡Alegría de las cocadas
llenas de cabujones
de pasas, almendras y piñones
y a fuego doradas!

Pedro Diego Alvarado, Guayabas, 2017, óleo/lino, 49 x 63 in.

 

 

José Juan Tablada (Ciudad de México, 1871 – Nueva York, 1945) fue poeta. Practicó también la narrativa, la dramaturgia y el ensayo. Trasplantó el haikú al español y es considerado uno de los fundadores de la poesía mexicana moderna. Según consigna la Enciclopedia de la Literatura en México, publicó más diez mil artículos periodísticos tan sólo en El Universal. Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, profesor y diplomático.

Pedro Diego Alvarado (Ciudad de México, 1956) realizó estudios en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura «La Esmeralda», la Academia de San Carlos y Beaux-Arts de Paris. Ha expuesto en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, la Casa de Subastas Christie’s de Nueva York y la Feria de Arte de Chicago, entre muchos otros foros. Es hijo de Ruth Rivera y nieto de Diego Rivera y Guadalupe Marín. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte. Del suplemento EstePaís|cultura: «La pintura de Alvarado se percibe mexicana. Están las variedades de las frutas; su disposición en cajas y canastas y la presentación escalonada de éstas, típica de un mercado; el papel de colores que sirve para envolverlas; los cactus, por supuesto. Pero más allá de estos usos evidentes, en el nivel del estilo —en particular en el efecto que resulta de combinar la atención al detalle con una factura deliberadamente imperfecta— hay bellas reminiscencias de nuestra tradición plástica, de autores no académicos como Hermenegildo Bustos, o de Diego Rivera».

Reproduzco los cuadros con permiso del artista, a quien agradezco.

«El figón» está tomado de la edición facsimilar de La feria (poemas mexicanos) que publicó Conaculta en 2012. La feria apareció originalmente en Nueva York en 1928, bajo el sello de F. Mayans, Impresor. Lo ilustraron M. Covarrubias, M. Santoyo y George (Pop) Hart. El tiraje fue de 25 ejemplares en papel numerado del 1 al 25.

Portada de la edición original de La feria (poemas mexicanos), de 1928.