El alumbramiento de la fotografía

Esta imagen pertenece a la era «primitiva» de una técnica y un arte. Fue hecha en 1857, unos 18 años después de que la fotografía viera la luz en Inglaterra y Francia simultáneamente. Hecha, porque no sería exacto decir que fue tomada. Su autor, Gustave Le Gray, uno de los grandes desarrolladores de la fotografía en el siglo XIX, acopló dos negativos, cielo y agua, para crear una sola impresión que mostrara «tanto las crestas blancas como las nubes» (NYT). Tal vez entendía que el horizonte es una gran mentira, que cielo y océano nunca se tocan, que en su conjunción hay siempre algo de remiendo y algo de milagro. Jugó un poco a Dios así, al juntarlos con pegamento blanco.

La imagen es parte de From Today, Painting Is Dead: Early Photography in Britain and France, una exposición de la Barnes Fundation, en Filadelfia, que vuelve sobre los orígenes y primeros pasos de la fotografía.

Gustave Le Gray, The Great Wave, Sète, 1857
De la colección de The J. Paul Getty Museum

Audífono para escuchar la armonía de las esferas

Graham Carlow (fotógrafo), refrigerador de dilución Q de IBM, Creative Commons.

Aquí se puede leer más sobre esta máquina del tiempo.

Páginas de profana devoción

Retratos de cuerpo entero, acercamientos, cuadros anecdóticos, de género e históricos, paisajes. El escritor registra la identidad de un pueblo y una familia, la suya. Define, al mismo tiempo, su propia identidad. Busca preservar así «un mundo de costumbres antiquísimas» que estaba muriendo ante su mirada.

La portada del libro.

A falta de otra mejor, usaré la palabra devoción. Éste es el sentimiento, me parece, que vertebra a Oriundos (Cataria, 2018), el libro más reciente de Fernando Fernández. El escritor mexicano de madre y cuatro abuelos españoles habla en él de su familia y de sus orígenes. Lo hace movido a veces por el amor: a sus abuelos paternos, al tío abuelo avecindado en Gijón, al del asilo en Avilés… Pero sobre todo lo hace movido por la devoción. El amor de nieto, de sobrino-nieto, gobierna la relación con algunos personajes y el acto de retratarlos. La devoción —que es apego, entusiasmo, inclinación— gobierna por su parte la relación de conjunto, el contacto del autor con su ascendencia y los lugares nativos.

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