Oda a la bicicleta

La bicicleta es una máquina, un “artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza”, según la definición de la Academia. Pero no es una máquina cualquiera, es un medio de ensoñación. De niños, nos dijo por primera vez que podíamos hacer más de lo que nuestro cuerpo, por sí solo, prometía. Nos montamos en una y, vencido el primer miedo —el de un golpe pero también el de una potencia inédita—, superados los desafíos técnicos, avanzamos, zum, con una ingravidez y una presteza tan fáciles que era mejor que en los sueños donde teníamos alas y cielo. La bici es un aparato de volar. Nos faculta para retirar los pies de la Tierra y nos concede la alta condición de la ligereza.

Todas las imágenes pertenecen a la serie «Volar en bicicleta», de Ana Santos.

La bici es tan lista que nos aligera, y es tan sencilla que nos hace sentir que la levedad es nuestra. Absolutamente nuestra. Los autos y las motos nos convierten en bólidos, pero el impulso es ajeno al hombre. Viene de otro lado, del motor y el combustible. El rugir de sus máquinas nos recuerda que no nos proyectamos: nos proyectan. Es cruel recordatorio de nuestras limitaciones, de nuestra irreparable condición terrenal.

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Pessoa camina

Fernando Pessoa en la Plaza Rossio, Lisboa, ¿1935?

Animación hecha a partir de las imágenes encontradas aquí.

La función social del editor

Si el futuro se regirá por el cambio constante, la labor de los editores deberá tocar más áreas de la sociedad en la que se desempeña. el editor será su primer crítico y guía, antes que una figura condenada a desaparecer.

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Ante la normalización del libro electrónico y de otros medios para la comunicación de obras escritas, como los blogs y las redes sociales, cabe preguntarse si el papel del editor se transformará sustancialmente. No hay aún una respuesta certera a esta pregunta. No la hay porque no podemos predecir el futuro —miramos el continente de la era digital como miraban América los ochenta y siete navegantes, desde las carabelas o, peor aún, desde una playa— y también porque es presumible que, tras más de cinco siglos de relativa estabilidad, la constante ahora será el cambio.

La telecomunicación eléctrica, sin la cual la era digital no se podría entender, nació con el telégrafo. Éste es el diagrama del que creó Samuel Morse en 1838.

Cambia la tecnología pero ¿cambian también las mentalidades? Me parece que el debate sobre el destino del editor en la era digital debe librarse no en el plano más o menos limitado de los soportes sino en el de la sociedad y su estructura.

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