La bicicleta es una máquina, un “artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza”, según la definición de la Academia. Pero no es una máquina cualquiera, es un medio de ensoñación. De niños, nos dijo por primera vez que podíamos hacer más de lo que nuestro cuerpo, por sí solo, prometía. Nos montamos en una y, vencido el primer miedo —el de un golpe pero también el de una potencia inédita—, superados los desafíos técnicos, avanzamos, zum, con una ingravidez y una presteza tan fáciles que era mejor que en los sueños donde teníamos alas y cielo. La bici es un aparato de volar. Nos faculta para retirar los pies de la Tierra y nos concede la alta condición de la ligereza.
La bici es tan lista que nos aligera, y es tan sencilla que nos hace sentir que la levedad es nuestra. Absolutamente nuestra. Los autos y las motos nos convierten en bólidos, pero el impulso es ajeno al hombre. Viene de otro lado, del motor y el combustible. El rugir de sus máquinas nos recuerda que no nos proyectamos: nos proyectan. Es cruel recordatorio de nuestras limitaciones, de nuestra irreparable condición terrenal.
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