BUENOS CORTOMETRAJES EN ESPAÑOL

Éstas son las primeras diez recomendaciones comentadas de lo que ojalá pueda llegar a ser un inventario útil de cine breve hispanoamericano. Abarcan el documental y la ficción, la comedia y el drama, numerosas circunstancias de vida, y un puñado de países: México, Cuba, Chile y Argentina. Todas las películas, excepto una, que se esfumó de pronto, pueden verse en internet.

La mujer cuántica

De Ruth Rubio, con Carolina Rubio (Notodofilmfest, España, 2021, 3 min.)


Este corto es a la vez simple y complejo. Simple: una sola actriz, sin fama ni ornamentación que llamen la atención sobre ella; una sola escena a modo de entrevista que transcurre linealmente, salvo por esas tomas en que voz e imagen se descoyuntan, reforzando el formato de aparente documental; primeros y primerísimos planos; un ambiente reducido a su mínima expresión —la esquina de una sala, el tocadiscos, un control remoto y un celular, una planta, luz neutra—; por sonido únicamente las palabras y las ocasionales notas de un vibráfono. La intérprete, la cámara, el lugar, la música, el guion mismo y la dirección, todo parece ausentarse para que algo más se haga presente. ¿Qué? La mujer cuántica y su actividad.

Complejo: lo que a primera vista parece una exposición jocosa pronto cobra gravedad y se torna incluso inquietante. En cuestión de segundos, la protagonista pasa de nombrar con mucha gracia su comida favorita, «moros y cristianos recién hervidos, ahí, ahí, calientitos», a explicar el don que tiene de viajar en el espaciotiempo y, en fin, a sugerir conductas psicópatas. El guion y la actuación son tan buenos, tan naturales y a la vez tan precisos, que el tránsito entre estos niveles, o mejor dicho su superposición —porque el acento turbador ha estado ahí desde el principio, mediante la música, y el humor persiste hasta el blackout final— pasa desapercibida.

La locura, que no es sino un sistema exacerbado de creencias, se actualiza con el tiempo. En la realidad agraria de los siglos XVI y XVII europeos, la naturaleza y sus bestias se cernían sobre la gente, y la licantropía era un trastorno frecuente. Robert Burton lo entendía como una variante extrema de la melancolía. Los médicos de la época lo atribuían a un exceso de bilis negra. En la Primera Revolución Industrial, James Tilly Matthews, comerciante británico, fue internado en el Hospital Real de Bethlem porque un enorme telar neumático, que él mismo ilustró, lo atormentaba en secreto. Un siglo después, en cambio, los agentes ya no eran mecánicos, sino energéticos. El juez alemán Daniel Paul Schreber relata en sus notables memorias una serie de colapsos mentales. El mundo, según escribió, era un enorme sistema nervioso regido por un dios hostil. Él mismo era torturado por medio de rayos espirituales. Freud estudió a profundidad su caso.

I. Gárgola de la catedral de Notre-Dame de l’Annonciation de Moulins (foto de Vassil, sin título, de 2009). II. James Tilly Matthews, «The Air Loom», en Illustrations of Madness, libro de John Haslam, de 1810. III. Daniel Paul Schreber, Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken (Memoirs of My Nervous Illness), 1903, vista aquí.

El delirio de la mujer cuántica no es menos contemporáneo. En plena era digital, cuando el acto de presencia pierde valor porque la tecnología permite estar aquí y allá simultáneamente (en casa y en la oficina mediante Zoom, en un café y en la Plaza de Cibeles con street view), ella asegura que ha viajado sin irse, que ha hecho el unboxing del afamado gato, que ha visitado futuros alternos. No ha podido resolver una contradicción vital, por lo que recurre a una realidad alternativa. Ama y odia al mismo tiempo, o desea sin poder tener, o padece sin aparente salida, así que desdobla el mundo y disocia.

La directora, Ruth Rubio, ha intuido que en la raíz de nuestra mentalidad, la del siglo XXI, están la noción y la experiencia de la paradoja. No la disyuntiva ni el ser o no ser: la conjunción, el solapamiento, el ser y no ser. Ha advertido un ánimo, un miedo elemental y una fascinación, y ha explorado la locura en consecuencia.

Con mucha destreza, además, logra que el discurso mismo sea una cosa y otra a la vez. Su producto es un muy breve drama o thriller psicológico, sí, pero es también una suerte de fantasía. Si el personaje ficticio, lejos de alucinar, ha experimentado verdaderamente los traslados y la duplicidad, el corto se recoloca en la esfera del realismo anómalo o la ciencia ficción blanda (como indica la referencia a Blade Runner). El corto habla de la condición dual y, más aún, la comparte.

Es posible que la física cuántica pueda inspirar obras optimistas. A mí me parece que en ella se oculta algo fundamentalmente inquietante. Ya no la muerte de Dios, sino la desesperanza epistemológica. Por su doble tonalidad, que empareja risa y horror; por las zonas de indeterminación narrativa; porque la locura siempre ha prefigurado el desdoblamiento; por el tema de la muerte, tan bien tratado en las líneas donde confluyen el gato y José Manuel, por estas y otras cosas, el video de Ruth y Carolina Rubio echa luz (cuantos, ondas) sobre esa índole desoladora. La obra artística, paradójicamente, como la última lámpara.

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Pipas

De Manuela Moreno, con Marta Martín y Saida Benzal (Momento, España, 2013, 4 min.)

Hay historias que lo deben casi todo a sus protagonistas. Que perderían, sin ellos, su sustancia, su pulpa. Pipas es una de esas historias. Basta que corra el video unos cuantos segundos para quedar por completo fascinados con las chicas, una suerte de pareja dispareja que no hace otra cosa que pasarla sentada, comer pipas (semillas de girasol) y platicar apática, casi abúlicamente. Los escasos tres minutos y medio del metraje resultan al mismo tiempo muy satisfactorios e insuficientes. Uno se queda con ganas de seguir oyéndolas.

A primera vista son desafectas, indolentes. Mantienen alto el mentón, miran fastidiadas a ninguna parte, escupen groseramente los restos de las semillas, sonríen socarronamente, tuercen la boca con asco, fruncen, levantan las cejas, dicen lindas palabrotas, se responden con desdén, la toma angular las hace darse un poco la espalda. Chicas malas con paisaje de grafiti.

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Salón Royale

De Sabrina Campos, con Julia Marina Bellati, Julieta Zylberberg y Luciana Lifschitz (Robot, Argentina, 2011, 14 min.).


El corto toma su nombre del salón de eventos al que se dirigen en auto las mujeres de la historia. Pero en la dirección que ellas mencionan, Venezuela 3300 esquina con Virrey Liniers, Buenos Aires, lo que hay en el mundo real es un salón de belleza. No creo que sea casualidad, no en una obra tan redonda. Además de señalar una suerte de epicentro geográfico y argumental, el título, Salón Royale, cifra uno de los temas principales de la cinta: la apariencia femenina, el valor que se le da y los cambios que experimenta por efecto del tiempo y los tratamientos.

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