Todo bien

Tres amigas camino a una fiesta, un ex inesperado y un colapso a la vista.


El corto toma su nombre del salón de eventos al que se dirigen en auto las mujeres de la historia. Pero en la dirección que ellas mencionan, Venezuela 3300 esquina con Virrey Liniers, Buenos Aires, lo que hay en el mundo real es un salón de belleza. No creo que sea casualidad, no en una obra tan redonda. Además de señalar una suerte de epicentro geográfico y argumental, el título, Salón Royale, cifra uno de los temas principales de la cinta: la apariencia femenina, el valor que se le da y los cambios que experimenta por efecto del tiempo y los tratamientos.

Salón Royale, de Sabrina Campos, con Julia Marina Bellati, Julieta Zylberberg y Luciana Lifschitz (Robot, Argentina, 2011, 14 min.).

Las amigas tienen unos treinta y tantos años, se han arreglado a conciencia y se ven bastante monas. Sin ser personajes estereotípicos —las tres logran relieves y matices de carácter a pesar de la brevedad de la cinta—, sí se corresponden con ciertas categorías y, lo que es más importante, ciertos roles de las largas amistades: fuerte, realista, meridiana, «tómalo o déjalo», apenas tolerante, la primera; otra, la guapa del grupo, eje de la atención y volcada en sí misma pero desestructurada, extraviada; y la tercera, alegre, complaciente, buena gente. El problema: Ana, la guapa, se entera ahí mismo, en el coche, que a la fiesta va Lucas, su expareja. Ha pasado año y medio desde que se separaron pero la noticia le cae como balde de agua fría. Se le descompone el rostro, interroga, pierde el hilo, dice y asegura que no le importa. Nadie le cree. Mucho menos sus amigas. Basta verlas gesticular para comprender que Anita se desploma. Sabemos bien que el tal Lucas acudirá a la fiesta y que el corto mostrará esa caída. La cuestión no es el qué, es el cómo.

Basta verlas gesticular para comprender que Anita se desploma. Sabemos bien que el tal Lucas acudirá a la fiesta y que el corto mostrará esa caída.

A Salón Royale parece faltarle el segundo acto, el del nudo o desarrollo. En realidad, el segundo acto se aloja en los otros dos. Todo lo que hay que saber de la fiesta se menciona en el auto, ya sea de ida o de regreso. Éste es quizás el mayor mérito de la cinta: su riqueza semántica, puesta siempre en un lenguaje audiovisual natural. Y claro, el trabajo de Bellati, Zylberberg y Lifschitz. El espléndido guion saca lo mejor de ellas, y ellas lo mejor del guion. Este corto es «[…] la zozobra de tres mujeres que empiezan a descubrir que la vida [o al menos la juventud y una idea de la belleza] se les va […]», concluye Cortosfera. De clara estirpe teatral, Salón Royale ocurre enteramente en un viejo Dodge, clásico argentino cuyos días de gloria han quedado atrás. Si la cinta no deprime es porque hace reír.

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