«A Roma sepultada en sus ruinas», un soneto de Francisco de Quevedo

Autor desconocido, vista del monte Aventino desde el Tíber, estampa de medios tonos en blanco y negro, 1914.

Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!,

y en Roma misma a Roma no la hallas:

cadáver son las que ostentó murallas,

y tumba de sí propio el Aventino.


Yace donde reinaba el Palatino;

y limadas del tiempo, las medallas

más se muestran destrozo a las batallas

de las edades que blasón latino.


Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,

si ciudad la regó, ya sepultura

la llora con funesto son doliente.


¡Oh, Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura,

huyó lo que era firme, y solamente

lo fugitivo permanece y dura.


El cansado de la vida

Anónimo egipcio

La muerte está en mis ojos como cuando un enfermo recobra la salud y sale al aire libre después de la enfermedad.

La muerte está en mis ojos como el aroma de la mirra, como el remero que descansa bajo la vela en día de brisa.

La muerte está en mis ojos como el olor de los nenúfares, como quien se sienta al borde de la embriaguez.

La muerte está en mis ojos como camino andado, como cuando los hombres vuelven a la patria después de guerrear en tierra extranjera.

Hoy está la muerte ante mis ojos como un cielo despejado, como cuando un hombre llega allí donde no sabía.

Hoy está la muerte ante mis ojos como el deseo que tiene un hombre de ver a su patria después de largos años de cautiverio.

Mummy-portrait.jpgRetrato de momia de El Fayum, Egipto, siglo I a. C. – siglo I

«Una familia de árboles», de Jules Renard

Los encuentro después de atravesar una llanura quemada por el sol.

A causa del ruido, se apartan del camino. Habitan los campos incultos, cerca de una fuente que sólo los pájaros conocen.

De lejos, parecen impenetrables. Cuando me acerco, sus troncos se separan. Me acogen con prudencia; puedo descansar y refrescarme, pero adivino que me observan y desconfían.

Viven en familia, los más viejos en el centro, y los pequeños, cuyas hojas acaban de brotar, aquí y allá, sin apartarse jamás.

Mueren lentamente y conservan a sus muertos de pie, hasta que se deshacen en polvo.

Se acarician con sus largas ramas, como los ciegos, para asegurarse de que todos están allí. Gesticulan coléricos si el viento se empeña en arrancarlos. Pero entre ellos no hay disputa. Sólo murmuran de acuerdo.

Comprendo que ellos deben ser mi verdadera familia. Pronto olvidaré la otra. Estos árboles acabarán por adoptarme. Y para merecerlo aprendo lo que hace falta saber:

Ya sé mirar las nubes que pasan.

Sé quedarme en mi sitio.

Y sé casi callarme.

Versión de Juan José Arreola


Fuente: Juan José Arreola, Obras, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.