Cuerpos de infarto

De un tiempo acá los modelos, mujeres y hombres por igual, lucen deprimidos. Rabiados siempre han estado. Quién no lo estaría, si en cuestión de media hora tienen que cambiarse cantidad de veces, enfrente de todo mundo, recorrer la pasarela e incluso detenerse un momento y girar: frente, perfil, tres cuartos, nuevo perfil, el que sigue. Los asistentes aplauden, comentan y se agolpen, pero no saben bien por qué, estarán tal vez perplejos. Uno percibe además cierto rictus en el rostro, cierta desalineación. Se deberá sin duda a que, no siendo actriz, la modelo ha de contener una serie de impulsos. Qué bien cala este tacón, vaya blusa escandalosa, caída linda la de Kendall, me he reído con ganas, ¿es mañana lo de Giorgio?

Imagen vista aquí.

Parte importante de este trabajo es portar una máscara. Los rostros son distintos, pero todos participan de una misma cualidad expresiva, como lo hacen todos los semblantes que rebasan cierto número de cirugías plásticas, todos los que contienen toxina botulínica, todos los que están cubiertos de una media con fines de robo a mano armada. Si los semblantes con bótox se mantienen pizpiretos, parpadean teatralmente y traen la sonrisa fija, como una marioneta, y si los de bisturí terminan por entroncar con el mundo bizarro de los cómics, además de ofrecer una estética a imitar, como la muñeca Barbie, los de la pasarela no dejan de encantarnos por su aparente ausencia: aquí voy, y además pronto, pero no busques mucha cosa en mi rostro, mira mejor esta ropa, que a mí me da un poco igual.

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Páginas de profana devoción

Retratos de cuerpo entero, acercamientos, cuadros anecdóticos, de género e históricos, paisajes. El escritor registra la identidad de un pueblo y una familia, la suya. Define, al mismo tiempo, su propia identidad. Busca preservar así «un mundo de costumbres antiquísimas» que estaba muriendo ante su mirada.

La portada del libro.

A falta de otra mejor, usaré la palabra devoción. Éste es el sentimiento, me parece, que vertebra a Oriundos (Cataria, 2018), el libro más reciente de Fernando Fernández. El escritor mexicano de madre y cuatro abuelos españoles habla en él de su familia y de sus orígenes. Lo hace movido a veces por el amor: a sus abuelos paternos, al tío abuelo avecindado en Gijón, al del asilo en Avilés… Pero sobre todo lo hace movido por la devoción. El amor de nieto, de sobrino-nieto, gobierna la relación con algunos personajes y el acto de retratarlos. La devoción —que es apego, entusiasmo, inclinación— gobierna la relación de conjunto, el contacto del autor con su ascendencia y los lugares nativos.

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Oda a la bicicleta

La bicicleta es una máquina, un “artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza”, según la definición de la Academia. Pero no es una máquina cualquiera, es un medio de ensoñación. De niños, nos dijo por primera vez que podíamos hacer más de lo que nuestro cuerpo, por sí solo, prometía. Nos montamos en una y, vencido el primer miedo —el de un golpe pero también el de una potencia inédita—, superados los desafíos técnicos, avanzamos, zum, con una ingravidez y una presteza tan fáciles que era mejor que en los sueños donde teníamos alas y cielo. La bici es un aparato de volar. Nos faculta para retirar los pies de la Tierra y nos concede la alta condición de la ligereza.

Todas las imágenes pertenecen a la serie «Volar en bicicleta», de Ana Santos.

La bici es tan lista que nos aligera, y es tan sencilla que nos hace sentir que la levedad es nuestra. Absolutamente nuestra. Los autos y las motos nos convierten en bólidos, pero el impulso es ajeno al hombre. Viene de otro lado, del motor y el combustible. El rugir de sus máquinas nos recuerda que no nos proyectamos: nos proyectan. Es cruel recordatorio de nuestras limitaciones, de nuestra irreparable condición terrenal.

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