El alumbramiento de la fotografía

Esta imagen pertenece a la era «primitiva» de una técnica y un arte. Fue hecha en 1857, unos 18 años después de que la fotografía viera la luz en Inglaterra y Francia simultáneamente. Hecha, porque no sería exacto decir que fue tomada. Su autor, Gustave Le Gray, uno de los grandes desarrolladores de la fotografía en el siglo XIX, acopló dos negativos, cielo y agua, para crear una sola impresión que mostrara «tanto las crestas blancas como las nubes» (NYT). Tal vez entendía que el horizonte es una gran mentira, que cielo y océano nunca se tocan, que en su conjunción hay siempre algo de remiendo y algo de milagro. Jugó un poco a Dios así, al juntarlos con pegamento blanco.

La imagen es parte de From Today, Painting Is Dead: Early Photography in Britain and France, una exposición de la Barnes Fundation, en Filadelfia, que vuelve sobre los orígenes y primeros pasos de la fotografía.

Gustave Le Gray, The Great Wave, Sète, 1857
De la colección de The J. Paul Getty Museum

Cuerpos de infarto

De un tiempo acá los modelos, mujeres y hombres por igual, lucen deprimidos. Rabiados siempre han estado. Quién no lo estaría, si en cuestión de media hora tienen que cambiarse cantidad de veces, enfrente de todo mundo, recorrer la pasarela e incluso detenerse un momento y girar: frente, perfil, tres cuartos, nuevo perfil, el que sigue. Los asistentes aplauden, comentan y se agolpen, pero no saben bien por qué, estarán tal vez perplejos. Uno percibe además cierto rictus en el rostro, cierta desalineación. Se deberá sin duda a que, no siendo actriz, la modelo ha de contener una serie de impulsos. Qué bien cala este tacón, vaya blusa escandalosa, caída linda la de Kendall, me he reído con ganas, ¿es mañana lo de Giorgio?

Imagen vista aquí.

Parte importante de este trabajo es portar una máscara. Los rostros son distintos, pero todos participan de una misma cualidad expresiva, como lo hacen todos los semblantes que rebasan cierto número de cirugías plásticas, todos los que contienen toxina botulínica, todos los que están cubiertos de una media con fines de robo a mano armada. Si los semblantes con bótox se mantienen pizpiretos, parpadean teatralmente y traen la sonrisa fija, como una marioneta, y si los de bisturí terminan por entroncar con el mundo bizarro de los cómics, además de ofrecer una estética a imitar, como la muñeca Barbie, los de la pasarela no dejan de encantarnos por su aparente ausencia: aquí voy, y además pronto, pero no busques mucha cosa en mi rostro, mira mejor esta ropa, que a mí me da un poco igual.

Continuar leyendo «Cuerpos de infarto»

Páginas de profana devoción

Retratos de cuerpo entero, acercamientos, cuadros anecdóticos, de género e históricos, paisajes. El escritor registra la identidad de un pueblo y una familia, la suya. Define, al mismo tiempo, su propia identidad. Busca preservar así «un mundo de costumbres antiquísimas» que estaba muriendo ante su mirada.

La portada del libro.

A falta de otra mejor, usaré la palabra devoción. Éste es el sentimiento, me parece, que vertebra a Oriundos (Cataria, 2018), el libro más reciente de Fernando Fernández. El escritor mexicano de madre y cuatro abuelos españoles habla en él de su familia y de sus orígenes. Lo hace movido a veces por el amor: a sus abuelos paternos, al tío abuelo avecindado en Gijón, al del asilo en Avilés… Pero sobre todo lo hace movido por la devoción. El amor de nieto, de sobrino-nieto, gobierna la relación con algunos personajes y el acto de retratarlos. La devoción —que es apego, entusiasmo, inclinación— gobierna la relación de conjunto, el contacto del autor con su ascendencia y los lugares nativos.

Continuar leyendo «Páginas de profana devoción»