Audubon, retratista de pájaros

Científico y artista por partes iguales, trabajó en las primeras décadas del siglo XIX en los Estados Unidos. A doscientos años de distancia y a pesar de invenciones como la fotografía, sus dibujos siguen siendo una de las formas más fieles, completas Y gratas de conocer las aVes.

[Este texto apareció en la revista Este País. Puede encontrarse aquí.]

John Syme, John James Audubon, 1826, óleo, 90.2 cm x 69.8 cm. Colección de la Casa Blanca.

El saber es una vía a la apropiación. Conocer es capturar, guardar dentro, en la bóveda mental, en las redes de la sensibilidad, la presencia de las cosas. El objeto sigue ahí, intocado en el entorno, pero algo suyo ahora es nuestro. Su esencia o, cuando menos, su identidad. No por nada, aprehender significa ‘atrapar’ pero también ‘entender’. Justa o injustamente, el conocimiento de la realidad trae consigo ciertas prerrogativas, o al menos así lo creemos. Ante el objeto hallado, el niño no duda en decir «Yo lo he visto primero». Otro tanto murmura la joven apasionada cuando su amiga se acerca al hombre que la ha ignorado a ella. Ciertas tribus animistas se oponían a los retratos pues, pensaban, le robaban al objeto su espíritu. Avistar una tierra nunca antes pisada era razón suficiente para declararla propia. El derecho lo avalaba. En la Biblia, se dice que los amantes se conocen al copular. Conocer es poseer.

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Cuerpos de infarto

De un tiempo acá los modelos, mujeres y hombres por igual, lucen deprimidos. Rabiados siempre han estado. Quién no lo estaría, si en cuestión de media hora tienen que cambiarse cantidad de veces, enfrente de todo mundo, recorrer la pasarela e incluso detenerse un momento y girar: frente, perfil, tres cuartos, nuevo perfil, el que sigue. Los asistentes aplauden, comentan y se agolpen, pero no saben bien por qué, estarán tal vez perplejos. Uno percibe además cierto rictus en el rostro, cierta desalineación. Se deberá sin duda a que, no siendo actriz, la modelo ha de contener una serie de impulsos. Qué bien cala este tacón, vaya blusa escandalosa, caída linda la de Kendall, me he reído con ganas, ¿es mañana lo de Giorgio?

Imagen vista aquí.

Parte importante de este trabajo es portar una máscara. Los rostros son distintos, pero todos participan de una misma cualidad expresiva, como lo hacen todos los semblantes que rebasan cierto número de cirugías plásticas, todos los que contienen toxina botulínica, todos los que están cubiertos de una media con fines de robo a mano armada. Si los semblantes con bótox se mantienen pizpiretos, parpadean teatralmente y traen la sonrisa fija, como una marioneta, y si los de bisturí terminan por entroncar con el mundo bizarro de los cómics, además de ofrecer una estética a imitar, como la muñeca Barbie, los de la pasarela no dejan de encantarnos por su aparente ausencia: aquí voy, y además pronto, pero no busques mucha cosa en mi rostro, mira mejor esta ropa, que a mí me da un poco igual.

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Páginas de profana devoción

Retratos de cuerpo entero, acercamientos, cuadros anecdóticos, de género e históricos, paisajes. El escritor registra la identidad de un pueblo y una familia, la suya. Define, al mismo tiempo, su propia identidad. Busca preservar así «un mundo de costumbres antiquísimas» que estaba muriendo ante su mirada.

La portada del libro.

A falta de otra mejor, usaré la palabra devoción. Éste es el sentimiento, me parece, que vertebra a Oriundos (Cataria, 2018), el libro más reciente de Fernando Fernández. El escritor mexicano de madre y cuatro abuelos españoles habla en él de su familia y de sus orígenes. Lo hace movido a veces por el amor: a sus abuelos paternos, al tío abuelo avecindado en Gijón, al del asilo en Avilés… Pero sobre todo lo hace movido por la devoción. El amor de nieto, de sobrino-nieto, gobierna la relación con algunos personajes y el acto de retratarlos. La devoción —que es apego, entusiasmo, inclinación— gobierna la relación de conjunto, el contacto del autor con su ascendencia y los lugares nativos.

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