Páginas de profana devoción

Retratos de cuerpo entero, acercamientos, cuadros anecdóticos, de género e históricos, paisajes. El escritor registra la identidad de un pueblo y una familia, la suya. Define, al mismo tiempo, su propia identidad. Busca preservar así «un mundo de costumbres antiquísimas» que estaba muriendo ante su mirada.

La portada del libro.

A falta de otra mejor, usaré la palabra devoción. Éste es el sentimiento, me parece, que vertebra a Oriundos (Cataria, 2018), el libro más reciente de Fernando Fernández. El escritor mexicano de madre y cuatro abuelos españoles habla en él de su familia y de sus orígenes. Lo hace movido a veces por el amor: a sus abuelos paternos, al tío abuelo avecindado en Gijón, al del asilo en Avilés… Pero sobre todo lo hace movido por la devoción. El amor de nieto, de sobrino-nieto, gobierna la relación con algunos personajes y el acto de retratarlos. La devoción —que es apego, entusiasmo, inclinación— gobierna la relación de conjunto, el contacto del autor con su ascendencia y los lugares nativos.

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Un poema de Birago Diop

John Mackenzie Burke, Baobab, Parque Nacional de Tarangire, 2015.

El trabajo del escritor senegalés Birago Diop (1906-1989) guarda estrecha relación con la Négritude, un movimiento de expresión estética y aspiraciones sociales y políticas que se opuso al dominio cultural europeo en África y contribuyó, desde su trinchera, a la descolonización del continente. La Négritude reivindicó las artes y los valores africanos como una manera de preservar la identidad y echar por tierra los estereotipos occidentales. Llamaba a la gente negra, lo mismo la radicada en África que la de la diáspora, a enorgullecerse de su linaje. El poeta martiniqués Aimé Césaire propuso el término. Léopold Sédar Senghor y Léon Damas consolidaron el movimiento.

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Pavese a setenta años

«Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada.»

Cesare Pavese se suicidó en su querida Turín el 27 de agosto de 1950, hace exactamente siete décadas. Tenía cuarenta y un años. Vida mutilada, dirían algunos. Tiempo escaso de creación, a los ojos adiposos de la sociedad actual y, en particular, de aquellos escritores que él llamaba, no sin cierta suspicacia, literatos. No a los suyos, no a los ojos de poetas como él, como Chéjov, mucho menos como Rimbaud.

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