Naturalezas crudas

Las imágenes de Patricia Heal son festines visuales, comilonas ópticas, banquetes pantagruélicos de los que hay que salir indigesto

Ingredientes comunes en la comida palestina: sandía, pichón, almendras secas, hojas de vid en escabeche y cuscús. La composición es de Young Gun Lee (alimentos) y Victoria Petro-Conroy (accesorios). Vista aquí.

Patricia Heal nació en Devon, Inglaterra, y hoy radica en Nueva York. Estudió plástica y drama en su país de origen pero pronto reorientó su interés a la fotografía. Heal se define a sí misma como una retratista de naturalezas muertas. Las imágenes que hace en este género han servido para ilustrar artículos de medios como The New York Times y The Wall Street Journal. Ha trabajado también para William Sonoma, Anthropologie, Neiman Marcus y Bloomingdale’s, entre otras marcas de lujo.

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Pavese a setenta años

«Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada.»

Cesare Pavese se suicidó en su querida Turín el 27 de agosto de 1950, hace exactamente siete décadas. Tenía cuarenta y un años. Vida mutilada, dirían algunos. Tiempo escaso de creación, a los ojos adiposos de la sociedad actual y, en particular, de aquellos escritores que él llamaba, no sin cierta suspicacia, literatos. No a los suyos, no a los ojos de poetas como él, como Chéjov, mucho menos como Rimbaud.

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Palabra de Pavese

Rodolfo Alonso

[Este texto forma parte de un dosier dedicado al poeta italiano. Aquí puede consultarse el resto de los materiales.]

Piamontés universal, Cesare Pavese es sin duda uno de los más significativos escritores italianos del siglo XX. Nacido el 9 de septiembre de 1908 en el medio campesino de Santo Stefano Belbo, en las Langhe, hijo de un secretario de juzgado en Turín, iba a concluir poniendo fin a su vida (“Palabras no. Un gesto. No escribiré más”, son las últimas líneas de su indeleble diario, Il mestiere di vivere), en un cuarto de hotel en Turín, el 27 de agosto de 1950. Esa vida —y esa obra— se irían cubriendo (y los argentinos fuimos tal vez de los primeros en percibirlo fuera de Italia) de significados a la vez hondos y nítidos. En ellas, conviven voces ancestrales y moderna lucidez, cuya riqueza, perfección formal, perdurabilidad y resonancia permiten considerarlo un auténtico clásico.

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